ABECEDARIO HERMENÉUTICO DE LA LECTOESCRITURA

Galo Guerrero-Jiménez

Aprender a escuchar la voz del texto

Durante mucho tiempo se nos hizo creer que la lectura no es más que un medio para adquirir conocimientos; y por supuesto, esta idea aún pervive en la educación escolarizada. Solo el lector que lee por su cuenta, por vocación, o que ha logrado dejarse orientar por un buen mediador, lo que equivale a decir, por un buen lector, sabe que la lectura cumple un papel enormemente formativo y transformativo, de construcción de sentido. La lectura nos constituye y nos cuestiona en aquello que somos (Larrosa, 2007), pero solo cuando reflexionamos y cuestionamos lo que estamos leyendo.  Si solo “leemos para adquirir conocimientos, después de la lectura sabemos algo que antes no sabíamos, tenemos algo que antes no teníamos, pero nosotros somos los mismos que antes, nada nos ha modificado” (Larrosa, 2007, p. 26), y esto es así, justamente, porque el conocimiento está separado del sujeto cognoscente.

En la familia y en la educación escolarizada se debería trabajar no solo para enseñar al novel lector a analizar un texto, sino, especialmente, para que aprenda a escuchar la voz del texto. Por supuesto, no es una tarea fácil. El texto en sí no nos enseña nada, mayormente cuando el profesor quiere controlar la experiencia de lectura de sus alumnos. Si así se trabaja, o si se obliga a leer así, jamás el lector podrá escuchar la voz del texto, el cual antes que apabullarnos de conocimiento, nos llena de incertidumbre, de preguntas y de continuas interpretaciones que nos permiten, tal como señala Larrosa, cuando sostiene que desde

la hermenéutica entendida ontológicamente el lenguaje no solo es un sistema convencional de signos para la representación de la realidad o para la expresión de la subjetividad, ni siquiera constituye un instrumento para la comunicación, sino que constituye el modo primario y original de experimentar el mundo. (Larrosa, 2007, p. 74)

Por lo tanto, desde la lectura, antes que conocer el mundo, se lo experimenta gracias a que el lector aprendió a escuchar, muy a su manera, la voz del texto. Desde esta escucha es posible que el lector pueda disfrutar a plenitud, puesto que nos traza un horizonte de vida por el poder y la fuerza personal que se le ha impregnado   desde su más genuina libertad para escuchar la voz del texto sin que nadie lo interrumpa, sino solo su conciencia que es la que desde su porte intelectual y emocional se deja impactar o conmover por lo que el texto le anuncia inferencialmente.

Es certera la opinión de Jorge Larrosa sobre lo que el texto puede provocarle al lector cuando este sabe escucharlo y escucharse a sí mismo:

A veces pierdes el sueño por una palabra. A veces sientes la felicidad de una palabra justa, precisa, alrededor de la cual todo se ilumina. A veces te duelen las palabras maltratadas, pervertidas, manipuladas. Tienes que llenarte de palabras. Y llenarlas a ellas de ti. De tu memoria, de tu sensibilidad. También de tus oscuros, de tus abismos. Casi todo lo que sabes, lo has aprendido de las palabras y en las palabras. Casi todo lo que eres lo eres por ellas. Escribir y leer es explorar todo lo que se puede hacer con las palabras y todo lo que las palabras pueden hacer contigo. (2007, p. 17).

En conclusión, la lectura no es un medio solo para conocer, sino, fundamentalmente, para pensar con rigor, con arte, con el cerebro y, ante todo, con el corazón, es decir, con nuestro emocionar, el más sentido, el más elocuente y humano que le caracteriza a quien lee con interés, con ganas, con voluntad y con la pasión más sublime   que el texto le despierta a ese lector que pone su vida no tanto para conocer sino para experimentar el mundo.

Referencias bibliográficas

Larrosa, J. (2007). La experiencia de la lectura. Estudios sobre literatura y formación. México, D. F.: Fondo de Cultura Económica: Espacios para la Lectura.