ABECEDARIO HERMENÉUTICO DE LA LECTOESCRITURA

Galo Guerrero-Jiménez

Al leer experimentamos nuestra verdad más íntima

Hay libros que nos apasionan, que nos conmueven, que nos perturban la vida, que nos interrogan y que los interrogamos permanentemente. La tesis de que conversamos con el libro es evidente. Solo cuando tenemos esa sensación de diálogo es porque nos hemos podido meter en el alma del libro o del escrito que es motivo de lectura. El libro habla en mí cuando hablo de él y cuando converso con él. Y el libro habla de mí cuando estoy a la altura de poder hablar con él.

Adaptarse a la contextura del libro es meterse en los recursos del lenguaje y de  nuestra condición humana. Nuestro intelecto tiene una conducta no solo de lenguaje sino de sensaciones y de estados de ánimo muy personales que inciden a la hora de leer o, mejor dicho, de conversar con el texto.

Como señala George Steiner:

Leer bien significa arriesgarse a mucho. Es dejar vulnerable nuestra identidad, nuestra presión de nosotros mismos (…) cuando tomamos en nuestras manos una gran obra de literatura o de filosofía. Puede llegar a poseernos tan completamente que, durante un tiempo, nos tengamos miedo, nos reconozcamos imperfectamente. (2013, pp. 27-28),

y eso, gracias a ese diálogo penetrante, reconfortante, a veces abrupto o genuinamente inventivo.
La arremetida de las palabras es tan profunda en el alma del lector activo que puede llegar a experimentar lo que señala Steiner:

El más alto, el más puro alcance del acto contemplativo es aquel que ha conseguido dejar detrás de sí al lenguaje. Lo inefable está más allá de las fronteras de la palabra. Solo al derribar las murallas de la palabra, la observación visionaria puede entrar en el mundo del entendimiento total e inmediato. Cuando se logra ese entendimiento, la verdad ya no necesita sufrir las impurezas y fragmentaciones que el lenguaje acarrea necesariamente.  (2013, pp. 29-30)

Llegar a este estado es leer artísticamente, es ir a lo más hondo de nuestra humanidad. Leer desde esta perspectiva dialógica, experiencial, no es solo un lujo apasionado o el mero disfrute solo para sentirse bien o para distraerse un momento. Hay, en este contexto, una dignidad de las palabras,  cuando ellas significan en la mente una realidad experiencial que va más allá del mero literalismo textual: el común  de las palabras que el lector ve cuando lee, lo llevan a trascender el lenguaje desde una intimidad de tanto fervor personal que es capaz de leer el mundo desde una óptica  muy relevante para percibir  la realidad.

Lo dice bien Michèle Petit: “Lo íntimo y lo compartido están ligados de modo indisoluble en el acto de leer. Al leer, a menudo experimentamos al mismo tiempo nuestra verdad más íntima y nuestra humanidad compartida” (2008, p. 123), puesto que aparecen otras formas de relación con el mundo para hablar, para comunicarnos y para actuar ya no con la autoridad del libro sino con nuestra autoridad. En este orden, ya no es el gesto ordinario de la lectura solo para entender lo leído, sino para reorientar nuestra mirada y nuestra vida.

Hago mía la opinión de Petit al respecto: “La lectura me parece una vía por excelencia para tener acceso al saber, pero también a la ensoñación, a lo lejano y, por tanto, al pensamiento” (2008, p. 148).

Referencias bibliográficas

Petit, M. (2008). Lecturas: del espacio íntimo al espacio público. Traducción de Miguel y Malau Paleo y Diana Luz Sánchez. México, D. F.: Fondo de Cultura Económica. Espacios para la Lectura.

Steiner, G. (2013). Lenguaje y silencio. Ensayos sobre literatura, el lenguaje y lo inhumano. Traducción de Miguel Ultorio. Barcelona: Gedisa Editorial.