ABECEDARIO HERMENÉUTICO DE LA LECTOESCRITURA

Galo Guerrero-Jiménez

A la lectura la sentimos en el cuerpo

A nuestro cuerpo lo conocemos en la medida en que lo vivimos;  de igual manera pasa con la lectura que al visualizar la corporeidad del libro la alejamos de su mero cuerpo-objeto para que se encarne en nuestro yo, pensando y reflexionando,  no en la corporalidad del libro ni en la forma de las letras, sino que, al mejor estilo de nuestro gusto, y desde la afición como la mejor expresión de nuestro pasatiempo libremente elegido, sentimos el profundo deseo de saborear la alegría, la satisfacción y la felicidad de unas líneas que, al entender lo que dicen, nos proyectan a sentir y a pensar que  hay “más ojos para mirar el mundo, más corazón para comprender lo que es ajeno a nosotros. Nos multiplica en lo que sentimos y hace proliferar el pensamiento, la duda, la curiosidad” (Pradelli, 2013, p. 57).

Y si “El cuerpo es la condición permanente de la existencia y constituye la manera cómo conocemos el mundo y cómo lo creamos” (Barceló, 2013, p. 75), y sobre todo pensando en que, como señala Merleau-Ponty: “Yo no estoy delante de mi cuerpo, estoy en mi cuerpo, o mejor, soy mi cuerpo” (Barceló, p. 75) y con él me adentro en el texto, no porque estoy delante de ese cuerpo textual sino porque, en efecto, ese texto físico o virtual es mi cuerpo; se trata de una corporeidad intrínseca que está en el mundo para conocerlo mejor y de  una manera muy especial: se trata de un cuerpo que no es un objeto cualquiera. Tampoco somos “un alma que se pueda escindir de un cuerpo, ni nuestro cuerpo son partes superpuestas, ni estamos formados por un intelecto insertado en un compendio de músculos, huesos y órganos, ni estamos separados de nuestro propio cuerpo” (Barceló, p. 75).

Puedo, por lo tanto, percibir el ser de la lectura, el ser de ese cuerpo textual, porque es mi cuerpo el que desde una conciencia encarnada, otorga significado a las palabras, a la escritura, a la lectura que desde mi más plena autonomía puedo elegir una lectura que, desde la corporalidad del texto, me permite sentir y  organizar los estímulos que me provoca el texto y que, por tanto, me afectan en mi comportamiento, dado que “el cuerpo y la conciencia mantienen una unidad relacional que se va construyendo de forma permanente, de modo que lo psíquico y lo físico no son partes diferenciadas del organismo sino expresiones de la totalidad organísmica” (Barceló, 2013, p. 76).

Por lo tanto, a la lectura la sentimos en el cuerpo, sobre todo  aquella que nos lleva a “reflexionar sobre cuáles son los espacios que transitamos al leer, y hacia dónde podemos ir a partir de los textos escritos por otros, a dónde nos llevan las lecturas propias” (Pradelli, 2013, pp. 66-67), aquellas que las sentimos profundamente y que, de alguna manera, llegan a marcar las  situaciones  personales de nuestra vida, y todo  porque las sentimos en el cuerpo.

Por consiguiente, en cada corporalidad que lee hay una irradiación, y por ende hay consecuencias que las asume la corporalidad. Por lo tanto, la corporalidad humana está hecha de palabras sentidas; si el cuerpo no las siente, no habrá jamás modificación alguna en esa corporalidad humana porque la corporalidad del texto no se encarnó jamás en el individuo lector. Ángela Pradelli nos habla de un personaje que no logra encarnar las palabras escritas en su corporalidad, en este caso, por falta de conocimiento del alfabeto: Qué “difícil que es ir por la vida así, sin entender qué dicen los carteles. Usted no sabe lo que es para mí caminar todo el día por calles llenas de palabras, palabras en los negocios, en los quioscos, en las paredes, palabras en todas partes. Un mundo lleno de palabras que me hablan a mí y yo no sé qué me dicen” (2013, p. 79).

Referencias bibliográficas

Barceló, T. (2013). La sabiduría interior. Pinceladas de filosofía experiencial. Bilbao: Desclée De Brouwer.

Pradelli, Á. (2013). El sentido de la lectura. Buenos Aires: Paidós.