ABECEDARIO HERMENÉUTICO DE LA LECTOESCRITURA

Galo Guerrero-Jiménez

Cada lector tiene sus pulsiones de lectura 

Para leer hay que bajar el rostro cuando se lee en físico, y si se lee en una pantalla, el rostro, la mirada, se dirigen al frente, pero no pueden pasar de la pantalla. Esta realidad física del rostro, y de la mirada, en especial, es anónima, e inaccesible porque, desde fuera, nadie puede saber cómo lee un lector, sea quien sea: culto, medianamente culto, conocedor a profundidad o no del tema que lee.  

Sea cual sea la conducta lectora, no hay manera de identificar al lector. Cada lector tiene su propia lectura, su manera especial de ser ante el texto que a veces ni él mismo sabe cómo se metió en las entrañas del texto. Muchas de las veces pueden suceder que un lector se encuentra con lo que nunca pensó buscar, y nunca logró encontrar lo que premeditadamente estaba buscando. 

Pues, los efectos que del texto recibe el lector, siempre son diferentes en cada uno de ellos, debido a que cada lector tiene su singularidad muy de él y de nadie más. El poder subjetivo de cada lector es tan personal en cada uno que no hay manera de que se identifique por igual con otro, ni siquiera con el de su misma sangre. 

Por eso, las influencias de un texto nunca serán del mismo talante en todos los lectores. Al respecto Jorge Larrosa sostiene que “los libros pueden contener alimentos espirituales y ser objeto de una suerte de dietética del alma que establezca cuáles son los beneficios y cuáles los perjudiciales, en qué circunstancias, en qué proporción y para qué tipos de personas” (2007, p. 193) unos son aptos y otros no. 

De ahí  que, un mismo texto, según sea el lector, puede ser partícipe de diferentes puntos de vista; es decir, según el tipo de lector,  

los libros son valorados por sus   efectos sobre el gusto y hay por tanto libros dulces y amargos, picantes, sabrosos, ácidos, insípidos, frescos, de digestión ligera o pesada, libros que dan asco o que no se pueden tragar.  (…) libros estimulantes y libros narcóticos, libros calmantes y libros        irritantes, libros euforizantes, depresivos, excitantes, obsesivos, (…), alucinatorios, de efecto lento y de efecto rápido, libros que crean adición, que contrarrestan el efecto    de otros libros. (Larrosa, 2007, pp. 193-194) 

En fin, son tantas las circunstancias de impacto que causa la lectura de un texto determinado según sean las condiciones anímicas y del momento que vive el lector, que resulta muy difícil saber qué es lo que ese lector puede llegar a pensar en cada página que lee y qué contenidos le impactan uno más que otro, y con efectos que para unos pueden resultar muy extraños, e incluso inconcebibles de que a ese lector le pueda llegar a suceder lo que al otro le sucede de manera muy diferente la percepción de esa realidad lectora. 

Por eso, Larrosa, al continuar con su análisis sostiene que 

hay libros perversos que incitan al pecado,  a la mentira, a la violencia, a la lujuria, a la desesperación, al egoísmo o a la pereza, y libros piadosos que incitan a la  virtud, a la resignación, a la castidad, a la esperanza, a la solidaridad o al esfuerzo. (Larrosa, p. 194), 

según sea el deseo, el rechazo, la temática y otras actitudes que el lector tiene en ese momento para acercarse voluntaria u obligadamente a ese texto que siempre le espera sin importar el tipo de lector que el individuo represente en ese instante. 

En todo caso, y como señala Ángela Pradelli, “leer, como escribir y narrar, es siempre una creación” (2013, p. 19). Y esto se debe a lo que venimos señalando de la mano de Jorge Larrosa; son tantas y tantas las posturas lectoras, las interpretaciones, las valoraciones, las desazones y las múltiples significaciones que en cada lector se despiertan según sea su pulsión de vida, no solo en el momento presente de la lectura, sino según el historial de vida que cada lector tiene antropológica y axiológicamente dentro del ámbito de su existir. 

Larrosa, J. (2007). La experiencia de la lectura. Estudios sobre literatura y formación. México, D.F.: Fondo de Cultura Económica / Espacios para la Lectura. 

Pradelli, Á. (2013). El sentido de la lectura. Buenos Aires: Paidós.