ABECEDARIO HERMENÉUTICO DE LA LECTOESCRITURA

Galo Guerrero-Jiménez

Cada lector tiene su propia lectura

Los libros, por lo regular, siempre nos salen al paso, aunque alguien de vez en cuando, es decir, un buen mediador, nos lleve de la mano para adentrarnos en la lectura de ese texto, no al estilo de quien nos sugiere su lectura, sino a nuestro propio estilo. Por lo tanto, cada lector tiene su propia lectura; es imposible llegar a apropiarnos de la lectura de otro lector por más que nos encamine con la más expresiva prudencia. En el fondo, nadie nos puede dar leyendo, y si alguien lo hace, esa será su propia lectura, pero nunca la nuestra, porque leer es llegar a un lugar nuevo, caminando al andar por cuenta propia, y sobre todo de manera inesperada, porque un texto, cualquier texto, por pobre que sea, siempre nos sorprende con alguna novedad. 

Y las novedades que un lector encuentra en un texto no son las mismas para otro lector; cada lector descubre sus propias novedades, su propio jardín de ensoñaciones, de magia, de bondad, e incluso de tropiezos inesperados que son el producto de su razón y de su emoción. Al texto acudimos de manera individual; pues, esa es la “característica o atributo de la lectura, que permite al lector apropiarse de un texto no solo siguiendo con atención las palabras sino volviéndolas parte de sí mismo” (Manguel, 2011, p. 103), maravillándose y sorprendiéndose a su manera, descubriendo caminos que quizá nunca se imaginó. 

Hay, por lo tanto, una manera muy íntima de compenetración lectora con el texto; se trata de una intimidad placentera, de gozo supremo, de suspenso que nace como fruto de la compenetración, de la concentración al más alto nivel intelectual y emocional al que nos puede encaminar un texto querido, y sobre todo valorado personalmente en la medida en que, como sostiene un santo del siglo VI, cuando leía la Biblia, san Isaac de Siria, citado por Alberto Manguel:  

Practico el silencio, para que los versículos de mis lecturas y oraciones  me llenen de gozo. Y cuando el placer  de entenderlos silencia mi        lengua, entonces, como en un sueño, entro en un estado en el que mis sentidos y pensamientos se concentran. (2011, p. 88)     

 

de un modo muy especial para reflexionar, para pensar, para meditar desde la más profunda soledad, pero como producto del acompañamiento del espíritu del autor que es el que le habla al lector desde la otra orilla de su realidad, pero con la novedad de que su texto ya no es su texto, es mi texto, es mi lectura, es mi silencio y, sobre todo, son mis sentidos  que en ese estado de contemplación laica, en que mi humanidad se extasía de un gozo individual, propio, y al calor de esa conversación textual que el lector logra distinguir entre el diálogo del autor y su propio diálogo, para arribar  a una nueva dimensión de interpretación textual  quizá  como  producto de lo que señala San Isidoro, citado por Manguel: “Las letras tienen el poder de transmitirnos en silencio los dichos de quienes están ausentes” ( 2011, p. 89). 

Por lo tanto, la lectura profundamente sentida siempre será una delicia, pero también un riesgo, sobre todo porque leer “no es un proceso automático que consiste en captar un texto como un papel fotosensible fija la luz, sino un proceso de reconstrucción desconcertante, laberíntico, común a todos los lectores y al mismo tiempo personal” (Manguel, 2011, p. 71).   

Manguel, A. (2011). Una historia de la lectura. Traducción de Eduardo Hojman. Oaxaca: Almadía.