ABECEDARIO HERMENÉUTICO DE LA LECTOESCRITURA

Galo Guerrero-Jiménez

Cada lector construye su camino

El acto de leer es un asunto demasiado serio, muy respetable: así lo asume el lector. Está en juego toda la persona con cada uno de sus componentes culturales, psíquicos e intelectuales. Muy bien lo señala la narradora argentina Laura Devetach: “En el acto de leer se conjugan el texto, más la particular lectura que se realiza de ese texto, más la circunstancia en la que se lee” (González, 2009, p. 59).

De qué manera y cómo se lee, son asuntos que llevan a una enorme responsabilidad lectora. “Cada lector construye su camino –lo dice Devetach- a través del poder que puede ir ejerciendo sobre los textos” (González, 2009, p. 60). Hay una manera muy especial en la que el lector se da al texto, se entrega a él y recibe de él una amplitud de sentidos, como si se tratara de un conjunto de ecos y de resonancias según el lector haya podido meterse en el alma y en la vida del texto.

Aunque la lectura es un acto intelectual, no solo es eso. Y es que, por esta particularidad, llega a ejercer un poder especial, único, extático, místico diría Borges, contemplativo. Se trata de un acto ritual, “lleno de gestos y de cargas afectivas e ideológicas” (Devetach, en González, 2009, p. 60).

El lector que aprende a meterse en el texto es un lector apasionado; logra crear una atmósfera en la que el texto se vuelve una criatura viviente; solo así, el texto se ofrece sin ningún reparo al lector. El narrador y dramaturgo austriaco Stefan Zweig, lleno de entusiasmo decía: “¡Qué horas más puras pasamos alejados del tumulto terrenal! ¡Libros, compañeros fieles, silenciosos: cómo agradecerles su perpetua compañía, el eterno aliento e infinito estímulo de su presencia!” (González, 2009, p. 67).

En verdad, el texto es una criatura viviente; ahí está, en medio de su silencio total, diciéndonos mucho, hablándonos siempre; “su palabra nos eleva, como en un vehículo, desde la nada hasta la eternidad” (Zweig, en González, 2009, p. 68).

El texto, igual que el lector, tiene su propio comportamiento. El texto sabe cómo, en su condición de criatura viviente, lo despierta al lector; le construye su camino. Pues, siempre estará emitiendo un soplo de vida fresco. Y cada lector se dejará provocar y conmover por esa criatura viviente que lo interpela, lo zarandea, lo saca de la rutina de la vida y lo transporta a nuevas dimensiones, según sea la idiosincrasia humana de cada lector. Por ejemplo, “Unamuno expresa que la gente lee para saber, gozar y aprovechar lo que dice el libro, no para andar por ahí diciendo lo que han leído y lucirse haciendo citas con él” (González, 2009, p. 74).

Es interesante lo que cada texto va labrando en cada lector. No hay texto para una sola persona. Como se trata de un ser viviente, entonces se logra construir un diálogo en el que lector y texto se

dicen mucho. Y así, el lector se satisface desde su propia vitalidad cultural, y no tanto utilitaria ni consumista. Lo que hace el lector, mientras dialoga con el texto, es construir relaciones de vida con el universo de la obra y de la realidad. Se trata de “una experiencia en la que se empeña todo el ser vivo” (Escarpit, en González, 2009, p. 88) para ir haciendo camino en el transcurrir de la vida cotidiana mediante el ofrecimiento de las más elevadas pautas de generosidad humana que nos puede brindar cada texto leído.

Devetach, L. (2009). “El poder del lector”. En González, W. (Compilador). (2009). La lectura, ese resplandor. Quito: Campaña de Lectura Eugenio Espejo / Luna de Papel Ensayo.

González, W. (2009). La lectura, ese resplandor. Quito: Campaña de Lectura Eugenio Espejo / Luna de Papel Ensayo.

Zweig, S. (2009). “Agradecimiento a los libros”. En González, W. (Compilador). (2009). La lectura, ese resplandor. Quito: Campaña de Lectura Eugenio Espejo / Luna de Papel Ensayo.